Alguien, en algún lugar, decidió que el amor es liviano.
Postales. Canciones. Esas películas donde la pareja pelea durante la primera media hora y después se besa bajo la lluvia y todo se resuelve en noventa minutos más los créditos finales. Como si alcanzara. Como si lo más difícil fuera admitirlo.
No es liviano.
Son ocho kilos de hierro fundido enganchados al tobillo. Es despertar junto a alguien y saber exactamente cómo te va a decepcionar hoy y cómo lo va a repetir mañana. Es construir algo juntos, una casa, un hijo, una versión de vos mismo que ya no reconocés, y después sentarse de espaldas en una balsa en medio del océano preguntándose de quién es la culpa.
La culpa es de los dos.
La culpa no es de nadie.
Los relatos de este libro no tienen héroes. Tienen personas que cargan el peso de sus decisiones como se carga una cadena: arrastrándola, sin quitársela nunca, porque quitársela significaría admitir que siempre fue una elección.
No les pido que se reconozcan.
Lo van a hacer igual.
No esperen redención. No esperen moraleja. Esperen el momento exacto en que alguien a quien estaban mandando a la mierda un segundo antes es lo único entre ustedes y el fondo del mar.
Esperen no poder dejar de pensarlo.