A nuestro narrador acaban de desahuciarlo de un piso de cuarenta metros con mucha luz que, en realidad, da a un patio sin sol. Tiene treinta y un años, nueve meses por delante y una ciudad -Barcelona- que ya no se lo puede permitir. El plan es sencillo: encontrar otro sitio donde vivir antes de que se acabe el tiempo. El problema es todo lo demás.
Porque buscar piso hoy es solo la punta del iceberg. Mientras hace colas para ver zulos a precio de ático, el narrador sobrevive a un compañero que lo ha apostado todo a una criptomoneda con nombre de perro, a una influencer del bienestar que escribe familia con emoji, a un cuarto inquilino al que nunca ve pero cuyo yogur dice NO TOCAR, y a Remei, la vecina de ochenta y dos años que tiende la ropa al sol como quien planta cara al fin del mundo. Por el camino: ofertas de trabajo que piden el alma a cambio, apps que prometen amor y entregan ansiedad, casas de apuestas, un pueblo que espera, y una mujer que deja el móvil boca abajo para escucharle.
Cuarenta metros con mucha luz es una comedia sobre cómo seguir de pie cuando el alquiler, el algoritmo y hasta el planeta parecen haberse puesto de acuerdo para echarte. Una crónica tan divertida como tierna de la generación que hizo todo lo que le dijeron y aun así no llega a fin de mes.
Porque al casero, al banco y al algoritmo les da igual que llores. Lo que no soportan es que te rías de ellos.