Cuando la madre de Anwen desaparece en el Bosque de Valdemuria, una sola línea aparece flotando dentro de una tetera de hierro: He pedido lo que no debía. En el pueblo de Selvarroja todos saben lo que eso significa. El bosque ha escuchado otro deseo. Y el bosque, dicen los viejos, concede los deseos como un perro trae un palo: con entusiasmo, sin malicia, y casi nunca el palo correcto.
Anwen tiene catorce años, una abuela con tres muescas talladas en su bastón -tres veces que entró al bosque- y muy poco tiempo. Acompañada de Iola, deberá cruzar el umbral de los abedules y enfrentarse a un lugar donde los reflejos no son los propios, donde las criaturas más peligrosas son las que sonríen primero, y donde la única respuesta que el bosque no sabe interpretar mal es la palabra no.