Había en el aire de Albi un espesor de siglos, una densidad de piedra roja y arcilla herida que parecía querer aplastar los huesos tiernos del niño Henri antes de que estos tuvieran siquiera la osadía de endurecerse bajo el sol del mediodía francés. Nació él de una estirpe que cometió el pecado de la mismidad: sus padres, la condesa Adèle y el conde Alphonse, eran primos carnales que unieron sus sangres como quien junta dos espejos frente a frente, creando un pasillo infinito de reflejos donde la vida, de tanto mirarse a sí misma, terminó por marearse, atrofiarse y romperse. Henri traía en la médula un veneno antiguo, una maldición genética que la ciencia, con su frialdad de bisturí, llamaría después picnodisostosis. Era una enfermedad de tiza y de cristal soplado; sus huesos no eran columnas de mármol destinadas a sostener el peso de un apellido, sino ramas de árbol seco que crujían y estallaban ante el menor suspiro del viento o el roce de una sábana de lino. La fontanela de su cráneo, ese portal de carne tierna por donde el alma se asoma al mundo en los recién nacidos, se negaba con terquedad a cerrarse del todo, dejando un hueco vulnerable bajo el cabello fino, como si Dios hubiera dejado una ventana abierta para vigilar perpetuamente su miseria.